Mi experiencia con los delfines Isla de Macapule

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Mi experiencia con los delfines Isla de Macapule.

Por: W h a l e


Despuntaba el alba y nos encontrábamos cargando las cosas en la lancha. La marea estaba alta y sabíamos que ese día seria marea muerta ya que la luna se encontraba en su fase de cuarto creciente.

Como suele suceder en Enero habíamos estimado que haría poco viento y abundante sol. Balta, mi gran amigo pescador, es la persona que a mi juicio conoce mejor el mar en esa zona y sabe, con días de anticipación, el tiempo que reinará, por lo que de antemano confiábamos en que haría buen día.

El destino de ese día el norte de la Isla de Macapule que se encuentra ubicada en el Golfo de California en la parte norte del estado de Sinaloa, México. Salimos a través de un estero de no más de 3 metros de ancho bajo los mangles viendo como, paulatinamente, a nuestro alrededor se iniciaba un día más. Al llegar al llamado Estero de la Piedra, siendo éste más ancho, pudimos acelerar la embarcación recibiendo el frío aire de la mañana en la cara.

Es reconfortante oler la brisa marina y sentir los primeros rayos de sol. Creo que es la forma que tiene el mar de recibir a aquellos que sabemos amarlo y respetarlo. Cruzamos la barra que separa la isla de la tierra firme y, contrariamente a otras ocasiones, esta se encontraba en total calma. Balta comentó: “mira, el mar ahora si quiere que salgamos”. Creo que ese mismo mar quería que fuéramos testigos de lo que detallaré.

Navegamos a toda máquina a lo largo de la isla, 26 kilómetros, ya que Balta había mencionado que existían 2 barcos camaroneros hundidos recientemente junto al faro ubicado en su extremo norte. Estos barcos tuvieron la mala fortuna de ser sorprendidos por un ciclón y como último, y vano, recurso se dirigieron a encallar en dirección a su única referencia de tierra: la luz del faro. Casi lo lograron, pero la naturaleza, implacable, terminó por hundirlos a poca profundidad, quizá algunos marineros alcanzaron tierra, quizás no, después de todo vivir en el mar nunca deja de ser una aventura.

Al llegar a donde se encontraba el primer barco hundido, platicamos con los pescadores de otra embarcación, ellos nos informaron que se encontraban en la zona capturando camarón azul pero que tenía días que encontraban muy poco, que esperarían un día más y quizá fueran mas al sur . A través del radio de banda civil entablamos platica con otros pescadores del área y al parecer la ausencia del crustáceo era general.

Tiramos el ancla por la borda, le dimos cabo largo para que no se garreara con el poco oleaje y nos preparamos para realizar nuestro primer buceo. Iniciamos el chequeo de rigor: tanque firmemente sujeto al chaleco? correcto. Regulador colocado y válvula abierta? correcto. ¿Presión del tanque? 2800 libras. ¿Boquillas funcionando? correcto. Aletas visor y snorkel a un lado y cinturón de plomos al alcance de la mano. Por la temperatura del agua, era necesario el uso de neopreno, que en la mayoría de los casos es de vivos colores -con frecuencia me pregunto como han de asombrarse los peces al ver a un ser extraño en su mundo y creo que es por eso que se acercan tanto-. Y… al agua!!!.

Es siempre fascinante visitar el mundo subacuático y ver las bellezas que esconde, celosamente, el mar bajo sus aguas. Observamos primero parte del mástil del barco y enseguida el barandal de estribor. El barco ya no conserva aquella valentía con la que surcara los mares yace mas bien quieto y maltrecho sobre un fondo arenoso. El mar se ha encargado de pintarlo de color gris y ocre mediante una serie de organismos vivos aferrados a su superficie. Sin embargo conserva la propiedad que tenía sobre del mar de mantener vidas ahora aqui en el foindo del mar, su lecho final.

Al entrar en la cabina nos sorprendió la presencia de una escuela de pargos de gran tamaño, los cuales, en lugar de huir, se acercan confiadamente ante nuestros visores ….y dejamos transcurrir el tiempo de embeleso en embeleso. Al asomarnos por una de las escotillas que dan a la popa vimos pasar un cardumen de curvinas aleta amarilla y atrás de ellas un robalo de respetables dimensiones que luego se pierden en el azul bermejo de la distancia. Dentro de la cabina detrás de un maderamen en el rincón, observamos a un grupo compacto de langostas que utilizaban semejante refugio para protegerse de los pargos en su constante lucha por no formar parte de la cadena alimenticia.

Salimos por el frente, la puerta de babor, para accesar al castillo de proa y notamos que el barco aún conserva el ancla que otrora fue tan útil, que durante tanto tiempo salvó a la embarcación no pudiendo ahora ser lanzada.

Al salir a superficie nos deshicimos del equipo y decidimos nadar un poco. Desde una lancha alguien grita de repente: Tiburón!!! Tiburón!!!, efectivamente sobre la superficie se ve salir y desaparecer una aleta triangular poco curvada hacia atrás que para nuestro beneplácito no pertenecía a ningún escualo con malas intenciones, sino a una Tonina casi negra. A la derecha aparece un Delfín gris que se mantiene en el mismo lugar respirando y sumergiéndose sin ninguna prisa. Decido hacercarme a él y veo que me observa como diciendo: “oye tu, pez raro de colores, que te ha traído hasta aquí?”. Es indescriptible el brillo de inteligencia que brota por los ojos de estos bellos habitantes de los mares; te observan, te estudian, te miden, te ecosondean obtienen datos de ti y tú, invariablemente, tienes la sensación de ser analizado por alguien a quien no comprendes, no sabes si catalogarlo como un animal más o como alguien superior a ti. Creo que es una incógnita que te queda por siempre.

El delfín inicia entonces un nado pausado que luego, acelerando sin más, se transforma en la mayor demostración de nado de velocidad que jamás habían visto ni volverán a ver mis ojos, y se pierde a la distancia. Regreso nadando al bote con la grata sensación dejada por este encuentro, y noto que el delfín ha regresado pero no está solo, viene acompañado por una tonina, la que había visto a lo lejos, y un joven inmaduro. Precavidamente se sitúan poniendo el barco hundido de por medio entre ellos y nuestra embarcación. Al acercarme inician una serie de nados en la periferia haciendome sentir como el más desadaptado de los habitantes de los mares y comprendo porque ellos han podido vivir en perfecta armonía con el medio ambiente y el porque de su felicidad y su eterna sonrisa. Después de un breve tiempo deciden marcharse convencidos de que yo no tengo nada que ofrecer y mucho menos que enseñarles.

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